Stipe / familia.
Hoy, una particular sensibilidad. Un hombre de la edad de mi padre (Stipe es mi tío) , triste ante la muerte que lo ronda y lo acecha, llora al despedirse. Todos lloramos con él. Lo vemos irse. Sin poder hablar, presa del llanto, saluda con la mano ya un tanto de espaldas a nosotros mientras su auto se aleja. Hago un último saludo, y alguien me abraza porque lloro. Me doy vuelta y cambio de cuadro. Niños nuevos, recién horneados, cuyos nombres aún no he aprendido, en brazos de sus padres también nuevos. No es más que el flujo circular y doloroso, el río que pasa y nunca es el mismo, un ciclo nuevo que se inicia. Eso es todo, de eso se trata. Unos se irán, otros ya han llegado. Y el dolor que desgarra como un mundo que se hunde y se resiste.
Una vez brechteábamos, te acordás?: ''Es lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de nacer''
Y el niñito pequeñito también llora. Pero nosotros no lloramos con él. A lo sumo, como un personaje de Kerouac en su camino, diremos con calma: “los niños hacen eso, lloran”. Y pensaremos quedamente que los adultos -no sólo los hombres- no lloran. Para llorar será necesario dar explicaciones y recibir un abrazo (cuando no se ha pedido, cuando sólo quiero llorar) y poner cierta cara (poner cara, hacerse cargo de una cierta exterioridad) . Será necesario tener un serio problema. Será necesario. Pero: dos cosas - perogrulladas claras y rebatibles. Por qué será que reír es tan socialmente adaptable y llorar pesa (si es que en realidad triunfó la tragedia y no la risa). Y dos: por qué será que no podemos simplemente hacer eso, llorar. Llorar y sufrir y separar la luz de las tinieblas y luego también reír y gozar. Por qué el dolor, el llanto, el sufrimiento tienen tan 'mala prensa', y no es la nada la que se lleva tan nefastos laureles. El dolor es también una luz, no es tinieblas.
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